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Opinión

  • Uno de los éxitos intangibles del CB Gran Canaria a lo largo de su historia, que le habría permitido sobrevivir hasta este mágico 2014, lo llevó a cabo el presidente de 1992, Lisandro Hernández, en un momento de 'ahora o nunca' para el club de baloncesto. "Para convertirnos en sociedad anónima deportiva teníamos que mantenernos pegados a la Unión Deportiva Las Palmas", reconoció hace unos meses a Tinta Amarilla el hombre que ha llevado la nave tan lejos que, siguiendo otros presidentes su hoja de ruta, en pocas fechas dispondrá como residencia de un palacio NBA. Lo que Lisandro nos expresaba es un modo de ejercer durante años que le ido bien al club de baloncesto, aprendiendo de errores encontrados en su camino al seguir la huella del club de fútbol que primero representó al Archipiélago en la máxima división.

    El Gran Canaria logró su conversión en sociedad anónima deportiva y, además, encontró un gran aliado en el Cabildo Insular, que pronto vio cómo se emancipaba el hijo mayor de aquel acto de transformación de las entidades. 22 años después, la isla va a contemplar de nuevo otro éxito del club de baloncesto al sacar tajada de lecciones aprendidas de la entidad balompédica. El Granca hará en unos días su cuarta mudanza: Rabadán-San Román, San Román-Tamaraceite, Tamaraceite-Centro Insular y Centro Insular-Gran Canaria Arena. Y, de mantener su línea de trabajo y calor popular actual, va a conseguir que dentro de diez años nadie pronuncie con añoranza el nombre del pabellón de la Avenida Marítima, como en cambio sí ocurre aún con el Estadio Insular y la polémica viva sobre el diseño olímpico del Estadio de Gran Canaria. Esa, el silenciar el nombre del Centro Insular, sería la señal inequívoca de un acierto histórico como el que está a punto de producirse.

    Hemos de añadir que el club de la ACB, una vez más, ha contado con el factor fortuna. Porque en su camino ha encontrado al responsable político que le ha entendido, le ha mimado y se ha metido en la piel de una problemática que no dejará como herencia de su gestión: Lucas Bravo de Laguna, consejero de deportes. El Centro Insular caerá en el olvido, como ocurrió antes con el pabellón de Tamaraceite o San Román, si las prestaciones del Gran Canaria Arena lo mejoran. Enclave en la ciudad al margen, el nuevo recinto es más cómodo para el espectador, puede ofrecer mayor calor popular si se logra cubrir un mayor porcentaje de asientos, tiene mejor sonido e imágenes ambientales o mantiene centímetro arriba/centímetro abajo la distancia entre la cancha de juego y los abonados del club. No hay pista de atletismo que reviente el concepto de que allí se puede vivir un ambiente NBA en el corazón de la capital grancanaria. Y, además, en su interior conserva un gran espacio destinado a la sede social del club de baloncesto, que necesita financiación para poder cubrirla. Nada digamos de las canchas anexas para la cantera y todos los extras que el recinto pondrá al servicio de un club destinado a crecer en lo administrativo tanto como lo es hoy en las canchas de juego. Al equipo de baloncesto solo le queda la responsabilidad de seguir metiendo canastas.

    Una vez más, el Gran Canaria aprendió de su hermano Unión Deportiva; que estaba abandonado a su suerte hace una década, sin inyecciones económicas institucionales, con un mal gobierno que le llevaba a la Segunda B y con un cambio radical al nuevo estadio que en su inauguración ya escuchó el primer abucheo popular. El proyecto de eliminar las pistas sigue en marcha; quizá algún día no muy lejano también el nombre del Estadio Insular sea sólo un recuerdo y no una reivindicación.

     

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