Publicidad
Publicidad
  • Publicidad

Opinión

  • El suceso histórico del 8 de julio de 2014 en el estadio de Mineirao tiene datos relevantes que se van descubriendo con el paso de las horas:

    * Seis torcedores (aficionados) esperaron a la selección de Scolari en el lugar de concentración en Río de Janeiro, tras volar el grupo deportivo desde Belo Horizonte. Estaban allí a la 1:50 de la madrugada para animarles; seis personas de un país de 200 millones de habitantes y todos amantes del fútbol

    * La prensa de Brasil no sabe dónde ubicar el 'siete' que le hicieron los germanos. Se pregunta si es peor que el 1-2 de 1950 ante Uruguay, que el 4-3 de 1986 frente a Francia o el 3-2 de 1982 contra Italia. En Argentina, Olé, no duda en preguntarles en titulares: "Brasil, decíme que se 'siete' ..."

    * La crítica do futebol ha pasado en apenas unas horas de mofarse de las desgracias ajenas (ejemplo España) a titular con mensajes fatalistas como "vergüenza", "humillación", "frustración", "sufrimiento" o "perplejidad". Scolari, los mismos jugadores participantes en el encuentro (salvo Neymar, indultado por su lesión), la Confederación Brasileña de Fútbol y el propio estilo de la canarinha está caduco este miércoles tras el inmenso dolor padecido en Belo Horizonte

    * El marcador del estadio Mineirao se sitúa como la mayor debacle en un partido de la selección brasileña y la décima mayor goleada en la historia de los Mundiales de fútbol, que comienzan a recitarse por el 10-1 de 1982 de Hungría a El Salvador, seguido del 9-0 de Yugoslavia al Congo en 1974 y mismo resultado de Hungría a Corea del Sur en 1954

    Pero hay un hecho trascendental en este suceso que merece resaltar en este día histórico que lo fue para el fútbol de todos los tiempos: Luiz Felipe Scolari no supo explicar qué ocurrió en esos siete minutos fatales entre el 23 y el 30 del primer periodo, en que la selección canarinha estuvo en estado de shock sin saber reaccionar, encajando el segundo, tercero, cuarto y quinto gol de los germanos, llenado de lágrimas las gradas del estadio que hasta hacía un rato era una fiesta. Siete minutos fatales en que las piernas de sus jugadores se congelaron, se produjo un desorden absoluto y el estado de pánico se apoderó del pensamiento ganador de una selección que tiene en sus camisetas el legado de cinco títulos mundiales.

    David Luiz llora tras el 1-7 (O Globo)

    Estas cosas solo las pueden entender y a su manera la gente del fútbol: sólo siete minutos bastaron para que ocho años de preparativos se perdieran en un naufragio. Eso ocurría apenas dos semanas de que otro acontecimiento impactante se viviera con otro equipo amarillo y al otro lado del Atlántico. ¿Qué ocurrió a aquellos jugadores que en un minuto y medio, en ese breve espacio de tiempo, todo por lo que habían luchado quedara en manos de la fatalidad?. Vimos en el campo de juego Minerao lo mismo que en Gran Canaria, porque la realidad es que detrás de un uniforme y de miles de voces que pueden estar empujándoles, los que ejercen en el campo de batalla son personas, con sus sensaciones, aciertos o temores.

    No sabemos qué pasará ahora con este Alemaniazo, como ya se le conoce en Sudamérica. Tras el 1-2 de Uruguay cambiaron algunas cosas: Brasil decidió quemar las porterías del estadio donde Schiaffino y Ghigigia llevaron la Copa Jules Rimet hasta Montevideo; también decidió que 'nunca más' la selección volvería a vestir de blanco, color utilizado hasta ese día y relevado por el amarillo y verde. Levantó el césped donde se produjo la debacle y fue incapaz de impedir una oleada de suicidios de torcedores que no superaron aquel drama.

    Sólo seis en esta ocasión fueron a levantar el ánimo a una selección que ha dado tanto. Ese camino, sin embargo, no es que ha emprendido la otra sufrida afición canarinha. Pero ambas, en el futuro, no pueden dejar de olvidar los errores que cometieron en este 2014 maldito.

OTRAS OPINIONES DE ESTE AUTOR

  • Publicidad