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Opinión

  • Cuando todo comenzó en la primera semana del mes de noviembre de 2004, la UD Las Palmas estaba en lo más profundo del pozo y camino de firmar la peor temporada deportiva de su historia. Cuando Iñaki Urquijo se presentó en los Juzgados de Reyes Católicos por sorpresa, en el club no había papel higiénico para su personal usuario, había cortes de suministros y la desazón cundía por todos sus rincones. El Palacete de Pío XII, su emblemático poder, se caía a cachos ... porque el club estaba sin capacidad de abrir caudales de financiación a causa de los embargos. El equipo era noveno clasificado del grupo I de la Segunda División B, por detrás -entre otros- de Universidad y Vecindario. El enfado popular era insaciable; el enfado interno, mayor todavía tras superar apenas con la herramienta del cariño al club una reciente huelga de todos sus profesionales. Ese era el panorama que encontró el Juez Juan José Cobo Plana cuando el club grancanario llegó hasta su despacho, en estado agónico y con una legión de acreedores que hacía inviable el siguiente amanecer. La montaña de 72 millones de euros parecía insalvable.

    Cuando todo comenzó, la UD Las Palmas iba camino de ser una leyenda extinta del deporte canario. "Hay que dejarla morir con dignidad" llegaron a pedir en público insignes políticos de la isla y del país. Nadie daba un paso por ella y sus administradores estaban desbordados. El destino, sin embargo, se empeñó en que en ese momento de la historia de un club tan enraizado apareciera un adalid gestado en el pueblo llano, un líder joven y audaz, un creyente atrevido que no veía barreras sino soluciones, un hombre con una sensibilidad fuera de lo común desafiante a cualquier reto. A ese invencible le captó de inmediato el juez del concurso 6/2004, que se percató de que él mismo estaba yendo muy lejos para convertirse en presidente de una empresa imposible, ajena a su propio papel social.

    Cuando Miguel Ángel Ramírez cogió la batuta del proceso se quedó virtualmente solo. "Es como si hubiese un problema con La Playa de Las Canteras o con el Roque Nublo. Tenía que movilizar a toda la sociedad canaria para salvar a la Unión Deportiva". Y lo ha hecho. Le vimos fajarse con todos, negociar para buscar soluciones y luchar para que hasta el club no se volvieran a acercar los vicios maliciosos que casi le llevaron a la muerte. Se partió la cara en todos los foros con la bandera del equipo al que primero había aplaudido, abandonó virtualmente su puesto en la empresa porque le abrumaba el fútbol, se sentó con políticos, empresarios, aficionados, jugadores, periodistas y hasta con el balón para convencerles y buscar la puerta de salida.

    Miguel Ángel Ramírez también se ha transformado en estos diez años en los que ha recibido más golpes que felicitaciones por ser caudillo de esa empresa imposible, luchar por un símbolo de Gran Canaria al que no quería dejar morir. Ahora es mejor presidente que entonces y caminante ilusionado hacia el 2015, donde se avecinan días apasionantes. Este jueves tenía motivos y argumentos para desvelar por qué salvar a Las Palmas parecía una quimera y, también, pasar facturas a aquellos que no colaboraron y dieron la espalda. Y, sin embargo, fue elegante y gentil; una respuesta propia con el cargo que ostenta y con la gente a la que representa.

    De aquellos días de 2004 a la realidad actual del club: líder de Segunda División, con una cantera orgullo de Canarias, con un trozo aún de deuda (13 millones) a reducir hasta 2027 y con un Estadio a punto de volver a convertirse otra vez en un teatro de fútbol. Paralelo a ello, el avance popular de un sentimiento que vuelve a afianzar las raíces entre los amarillos de la patria chica. Pero la máquina ambiciosa del presidente no ha cesado: "Volveremos a ser grandes. Si logramos el ascenso, lo siguiente es Europa".

    Tras la tortura de una década se avecina otra apasionante. Con una moral así es inimaginable perder esta batalla.

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