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Opinión

  • Hay que felicitar a toda la Gran Canaria luchística por el extraordinario torneo que han desarrollado en las últimas ligas de Primera. El de 2014-15 ha tenido un colofón magnífico como espectáculo: ninguno de los 24 bregadores que salieron a la arena fue eliminado a causa de las amonestaciones. Sólo hubo tres agarradas separadas en toda la velada, pero provocadas porque las mañas empleadas de unos y otros no colmaron con el éxito del derribo; sin embargo se resolvieron por un punto relacionado con la propia brega. El público que acudió al terrero de Las Crucitas en Agüimes salió con las manos enrojecidas de aplaudir y este sábado, día después, hay aclarados de voz, porque allí todos se dejaron la piel en pos de la victoria, del memorable final que ha tenido esta competición de nueve equipos. Esa cifra y la calidad de los deportistas participantes es la que le ha dado realce a un torneo que tiene el impulso inyector del Cabildo de Gran Canaria, a través de su Consejería de Deportes. Cuando nadie creía en él, Lucas Bravo de Laguna fue el hombre que tuvo la sensibilidad de rescatarlo y dos años después está en la ubicación que todos desearían. De otras islas piden participar en la Superliga: ese hecho explica todo lo demás.

    Sin duda, en el transcurso de la fase regular de esta misma competición, se han presenciado luchadas técnicamente mejores que la de este viernes; aunque no tan emotivas. Porque Gran Canaria está en Las Antídopas del resto del mundo de la lucha canaria, ese planeta extraño que tiene una rara manera de gobernarse. Por eso le da prioridad y prefiere potenciar este torneo que está siendo referente en nuestro vernáculo deporte y que también es anzuelo para los luchadores de ataque, los que disfrutan ganando y/o perdiendo.

    Y uno de los mentores de esta competición, activo bregador por ella en la arena y fuera del terrero, ha dado un ejemplo de lo que es en realidad la alta competición y el buen saber estar. Juan Espino, el puntal del subcampeón Almogarén, fue el primero en felicitar al Unión Sardina por la victoria de una Superliga que se ha ganado con honores una denominación así. Detrás de una derrota se escriben las siguientes páginas de la rivalidad entre clubes. Gran Canaria es hoy lucha canaria en estado puro.

    Todo salió a pedir de boca, pero la finalísima también nos deja unas pinceladas para la reflexión. Ninguna de las instalaciones propias de la lucha canaria en Gran Canaria está en condiciones actualmente de acoger un espectáculo de esta magnitud, donde se puedan aplicar todas las medidas de seguridad que lo regularizan. Los tiempos han cambiado, la lucha se resiste. El delegado federativo, cuando ya estaba en marcha el encuentro, pidió por megafonía que se juntaran más los aficionados, incluso los que colapsaban pasillos y escaleras, para dar entrada al terrero a decenas (quizá cientos) de personas que habían acudido a Las Crucitas y no pudieron acceder al recinto. El único acceso estaba taponado por aficionados, de pie o sentados incluso en banquillos. Lo habían pronosticado los dos clubes: Agüimes se quedaría pequeño; ¡y tanto!.

    Hay que elogiar el esfuerzo realizado por la directiva del Unión Agüimes, como club anfitrión del acontecimiento, para que su acogedor terrero fuera el escenario de esta noche reluciente de la lucha canaria. Pero las previsiones se desbordaron por completo.

    Este tipo de acontecimientos merecen una etapa de reflexión, no dejarlas caer hasta la próxima oportunidad. Porque son momentos sublimes, de crecimiento, que se han de aprovechar para hacer de nuevo afición de un deporte que sigue dormido en el tiempo. Abogamos porque la mentalidad competitiva de la Liga no cambie; pedimos sin embargo que mejoren sus conceptos globales. Está en juego el futuro de algo muy valioso de nuestra memoria como pueblo.

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