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Opinión

  • Merino, en el centro, en un Sevilla-Rayo, con Maradona en la capitanía hispalense (Norberto Rodríguez)

    Pepe Merino se nos ha ido. Su marcha ha sido en silencio, pero muy sentida por todas aquellas personas que lo apreciaban y vieron en él un hombre amante del deporte, defensor del mismo, que desde el prisma arbitral trataba de poner justicia en cada partido que dirigía. Merino nació para el arbitraje. Desde muy joven comenzó a destacar y su carrera fue fulgurante, muy rápida, alcanzando la Primera División pocos días antes de cumplir 28 años. Merino fue un árbitro precoz y se ganó el respeto y la admiración de aquel Colegio de Árbitros que presidía Juan Martín, mientras a nivel nacional la presidencia la ocupaba José Plaza. Se comentaba que Merino era un protegido de Plaza, pero lo cierto es que se ganó a pulso el puesto en la Primera División donde se mantuvo durante quince temporadas, en años donde el arbitraje no estaba tan profesionalizado como ahora, y él tenía que trabajar en las oficinas de la empresa de alquiler de coches en la calle Venegas, arañando tiempo para sus entrenamientos y sobre todo los viajes.

    Si no tenía compromisos en la liga profesional, era fácil verle pitar en los campos de fútbol regional, en categorías de menores o donde hiciera falta. Cuantos partidillos disputaba la UD Las Palmas y ahí estaba él, en el viejo Estadio Insular, arbitrando. Ya retirado, nunca abandonó el arbitraje, pues como decíamos anteriormente, nació para ser juez deportivo. De hecho, se enamoró y contrajo matrimonio con otra de las instituciones del Colegio de Arbitros, el señor Acle. Era lógico esa relación, porque Merino vivía las veinticuatro horas vinculado a este mundo. Aburrido por no alcanzar la internacionalidad, pese a estar varias temporadas entre los mejores de la categoría. Pagó desde luego el coste de la insularidad y los pesos pesados de la organización en aquellos momentos no permitieron que accediera a lo que en justicia le merecía.

    Ver su cuerpo en el tanatorio envuelto en las banderas de la Federación de Fútbol y de la U.D. Las Palmas, es fiel reflejo de lo que fue su vida. En nuestro club representativo manejó muy bien los tiempos, y supo actuar con la discreción necesaria, pero resolviendo todos los contratiempos que se le ponían en el camino. Tuvo una buena escuela en Jesús García Panasco. Ser delegado de un equipo no es tarea fácil y Merino la supo llevar adelante hasta el último momento, precisamente el día del retorno a la Primera División. Ante el Eibar, minuto de silencio y homenaje de la afición a un hombre del deporte, defensor de la corrección, como lo fue también el presidente que se nos fue hace pocos meses, Esteban Hernández Galván. Año negro para el arbitraje grancanario, con la desaparición de estas dos figuras, amigos desde que eramos jóvenes, cuando nos inciábamos en LA PROVINCIA y mi jefe, el maestro Antonio Lemus, nos mandaba al fútbol regional.

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