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Opinión

  • Un año en la vida de un club es nada. En la vida de un club con raíces tan profundas como las que tiene la UD Las Palmas, claro. Sin embargo, posiblemente ninguno de los casi 30.000 aficionados que acudieron al Estadio de Gran Canaria un año atrás, para la vuelta con el Real Zaragoza, habría imaginado la trascendencia que tendría en el devenir de la entidad, a todos los niveles, que ese balón tocado casi con la punta de la bota por Araujo se dirigiera a las redes del Real Zaragoza y no lo escupiera el larguero o se dirigiera hacia el graderío de Naciente.

    Cuando los técnicos hablan de que pequeños detalles deciden un partido, y tienen razón en ello, ... ¿Qué decir de los dirigentes?. Porque ese pequeño factor de suerte, por cierto ganado a pulso, es lo marca la diferencia hoy al menos en lo que a la manera en que la UD Las Palmas consolidó su sexta llegada a la Primera División.

    Es cierto que todas las fuerzas, las físicas y las anímicas, se juntaron aquel 21 de junio de 2015 para empujar con el aliento el balón del delantero xeneize. Ese gol tan valioso y tan trascendental le corresponde a él, pero en realidad el autor fue la multitud que deseó con todas sus energías el ascenso.

    Las cosas que cambiaron desde entonces son tangibles y otras invisibles. No hay más que entrar al Estadio de Gran Canaria o a la nueve sede social de la UD Las Palmas para percatarse de ello. El club, en un año, pasará a volver a batir todos sus récords económicos, con un presupuesto la próxima temporada que estará en el listón de la media centena de millones de euros (¡qué vértigo, cuando apenas 11 años atrás estaba al borde de la desaparición por 72 millones en números rojos!). Se fija en los 22.000 asientos abonados, tiene una plantilla arraigada en su cantera, cada fin de semana ven al equipo millones de personas (veces cientos de millones de personas) desde todos los puntos del planeta, ya tiene un estadio que ha hecho olvidar al Insular, su centro de operaciones en Barranco Seco crece, ... todos quieren ser amarillos y su futuro es radiante, porque detrás vienen más jugadores con talento. Al fin y al cabo, el único motor de todo esto son los deportistas.

    Un año es poco tiempo, pero en estos 365 días que transitan del 21 de junio de 2015 al de 2016 han fructificado muchos de los objetivos que se han soñado en la última década. En tan poco espacio de tiempo se ha consolidado un estilo de entender el deporte y una forma de amar a un equipo. Ha crecido tanto que ahora tienen a fijarse en sus jugadores clubes de primer perfil mundial; y no admite que se le considere en rebajas. Pero esto no ha terminado porque los siguientes retos están en pie para los años venideros.

    A quienes la seguimos muy cerca desde hace tantas temporadas, no deja de causarnos alegría comprobar cómo ha sido capaz de evolucionar de una forma tan eficiente en tan poco tiempo, cubriendo en el breve camino déficit que estaban pendientes. Porque ese 21 de junio descubrió que había llegado su momento.

    Como decía el maestro de periodistas Antonio Lemus, cuando un hecho era capaz de crear sorpresa en cualquiera de sus direcciones, "¡y lo que nos queda por ver!". Que sea para bien.

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