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Opinión

  • Ha sido el propio Paco Jémez quien, al explicar por última vez -eso esperamos- lo que ha ocurrido con Loic Remy, ha puesto el ejemplo. "No voy a consentir que esto sea la Comparsa del tío Pepe", dijo este viernes en tono enojado. Aunque no negó que la decisión de prescindir del jugador francés, junto al marroquí Tannane, tiene también connotaciones deportivas. Todavía esas no se han explicado.

    Este episodio es una muestra del grado de desesperación en el que se encuentra inmersa la UD Las Palmas, la principal perjudicada también por declaraciones cruzadas y verdades que unos y otros cuestionan con sables. El daño sigue creciendo con un tipo de polémica que, en cualquier club que precie su bienestar interno, era innecesaria.

    Las Palmas -quien sea o quien lo permitiera- ha faltado a la primera norma para la salud de un colectivo. "Los elogios, en público; las broncas, en privado". Aquí, desde un tiempo para esta parte, todo se ventila o se anticipa con altavoces, sin un control de contenidos, haciendo que la tortura interna esté a la par que mirar la tabla clasificatoria.

    La decisión de prescindir de Remy y Tannane, por dos faltas cometidas llegando tarde a sendos actos colectivos, es realmente insólita y está fuera de cualquier lógica empresarial. Quizá no del orden militar, aunque lo afirmamos desde el desconocimiento porque no transitamos esa disciplina. En el código del régimen interno del club -subrayamos el término club- no pasa de ser falta leve, porque se requeriría una tercera. Y no hablemos del convenio laboral y los apéndices que pueda recoger la AFE. Porque, como afiliado a ella, cualquier futbolista podría encontrar una potente defensa frente a un superior que le retira públicamente del club con un "conmigo no vas a jugar más". Según el mismo Jémez, treinta personas fueron testigo de ello. La terminología laboral podría describir esta situación en la que el jefe no queda en buen lugar ante cualquier juzgador del caso, si llegara una denuncia. Por no mencionar los mecanismos tradicionales de expedientes, plazos de audiencia, argumentos de defensa, ...

    No hay por dónde coger el asunto Remy, por simplificar con el francés. En ningún código disciplinario, como el que posee el club, se contempla una pena capital (en este caso expulsión del equipo) sin que progresivamente se cumplan los otras conductas sancionables con su respectiva graduación: leve, grave o muy grave. La sanción siempre debe guardar proporción a la infracción cometida, porque lo contrario se acerca más al abuso de poder.

    Exhibir así todo esto, describirlo públicamente con envites, es un dolor para los aficionados de la UD Las Palmas y un deleite para los detractores del proyecto o los rivales del equipo. Y es evidente que el club, como club, no ha actuado en este caso todos con el mismo remo. Intentar el regreso de Remy lo confirma, aunque ya sea un imposible porque ninguno de los actores de la causa tienen deseos de ceder.

    No sólo deja el problema de colocar a un jugador que se ha devaluado en el escaparate de una entidad que ya no le quiere en filas. Esta actuación genera un precedente peligroso porque ahora saben los representantes que en Las Palmas, si faltas un minuto a dos reuniones, puedes mover a un futbolista que otros codicien. Y, ¡cuidado!, que en el fútbol los burros vuelan. Por ello, el criterio empresarial -el del club- para la aplicación de una decisión sancionadora debe estar siempre -siempre- por encima de lo personal. Ese error es inadmisible en una entidad que va camino de los setenta años de vida y de cientos de episodios más importantes que el del fufbolista francés.

    El despropósito es completo: Remy arremete contra su propia empresa en las declaraciones a La Provincia, cuando aún está con contrato en vigor y obligaciones que cumplir. Sobran las imágenes. Porque cerramos los ojos y no queremos ver a la Comparsa esa, la del tío Pepe.

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