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Opinión

Ayestarán y el fondo del caldero

  • ENTRE BASTIDORES
  • 01/12/2017 - 07:53
Paco Ayestarán, en el momento de abandonar por última vez el Estadio de Gran Canaria como entrenador de la UD Las Palmas (C. Torres)

Por Manuel Borrego

Paco Ayestarán se marcha de la UD Las Palmas con un resumen de resultados personal que aterra. Él ha sido el objetivo final de frustraciones y sinsabores; la víctima de una situación pero no el culpable absoluto de ella. De esa responsabilidad hay que indultarle en justicia. Ayestarán fue el bombero contratado para apagar un incendio, pero después de dos meses no encontró el origen de las llamas ni el carburante que las alimenta. No supo localizar esa puerta a un laberinto, la zona cero o las causas por las que se ha originado esta decadente deriva que puede llevar al equipo grancanario a una ruina deportiva.

Ayestarán revolvió la zona en su breve estancia en Gran Canaria en busca de soluciones. Habló del sistema, de la preparación física, de la psicológica de los jugadores ... pero no llegó con éxito al fondo del caldero. Tampoco lo había hecho Manuel Márquez, que detectó un proceso viral para él irresoluble y que ya venía de la pasada temporada en la segunda vuelta. Se trata de un algo que se ha instalado en el corazón de un estilo; un problema que finalmente ha convertido a un equipo que debe ser sólido y estable en una 'estructura gruyere' por la que la fiesta del gol se produce jornada a jornada en la portería canaria. Las consecuencias del mal sí están definidas ahí.

La preocupación es evidente en la dirección deportiva y en el consejo de administración, que han tratado de ser fieles a un estilo futbolístico con una denominación de origen. Ese virus o la bacteria defensiva -no hablamos de la retaguardia o portero exclusivamente- es un destrozo total para la UD Las Palmas, porque las secuelas galopan por distintas estancias. Hay que lograr erradicarlas pues un descenso está fraguándose desde hace meses y va más atrás incluso del verano, de la pretemporada o de la actual competición.

En 15 partidos oficiales del ejercicio actual, la UD ha encajado 36 goles y sólo ha dejado su portería a cero en una oportunidad. Esa cifra de tantos en contra es muy alarmante, porque uniéndola a los 44 de la segunda vuelta de 2016-17 alcanza los 80 goles rivales en 34 encuentros. Por ahí empieza o termina todo. No desciframos el código vírico del mal, pero sí sus consecuencias y los efectos secundarios: un equipo lleno de dudas, jugadores con síntomas de ansiedad, fútbol irreconocible, tres técnicos, una afición de malhumor en grado extremo, fuga de seguidores, consejeros que no pueden conciliar el sueño, ... El siguiente paso puede ser el deseo de algunos protagonistas a abandonar la nave del tormento.

En una apertura de nuevo ciclo, juega Las Palmas ahora con el Betis, un equipo donde han aparecido caras de preocupación que son por aquí muy reconocibles. La situación clasificatoria actual de los verdiblancos es boyante, de momento. Pero, ojo al dato, hay un aspecto en el estilo que pretende ser gemelo al caso canario: 33 goles encajados en los mismos 15 partidos oficiales desde que empezó esta temporada 2017-18. Eliminados de la Copa por el Cádiz, aficionados mosqueados, consejeros mostrando sus dudas, el técnico dando explicaciones sobre lo que no entiende, ... esos síntomas que viajaron antes por el Estadio de Gran Canaria.

La diferencia de confección entre los dos rivales del fin de semana es muy notable. Las Palmas hizo un gasto controlado en el verano aunque sí fichó para reforzarse. Y el nuevo Betis hizo una inversión multimillonaria (más de 25 millones, calcula Marca) para cubrir una decena de incorporaciones, en amplia mayoría traspasados. El Betis, con su cuerpo técnico y jugadores actuales, está a tiempo de reconducir la situación. Tiene mucho margen y tranquilidad en la Liga para hacerlo porque, por atrás, otros se están condenando con evidencias.

Lo del fondo del caldero bético, que lo resuelvan en Sevilla. En Gran Canaria esperan al nuevo inquilino que sea capaz de limpiar el propio y erradicar al monstruo de siete cabezas que se está devorando una ilusión que miles de personas habían fabricado durante más de una década.

El fútbol es un deporte apasionante. Los equipos profesionales deben tener claro lo que es jugar al fútbol o jugar a la pelota.

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