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Opinión

  • (Confucio, pensador chino): "Los vicios vienen como pasajeros, nos visitan como huéspedes y se quedan como amos"

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    Ningún documento puede sostener exactamente cómo se ha de guiar una vela joven hasta llegar a puerto, sorteando con éxito todas las olas. Cada patrón tiene su propia manera de interpretar las palabras de los instructores para llevarlas luego al campo de regatas de la vida. Y cada vida, sus propias olas. En la trayectoria de una fábrica de deportistas como lo es la Unión Deportiva Las Palmas, en cualquier otro club o entidad, se han conocido toda clase de talentos. Los que llegaron hasta sus últimas consecuencias triunfando, los que cubrieron dignamente su expediente personal ... hasta las grandes promesas que no superaron esa primera etapa. De estos casos hay múltiples ejemplos, que se repiten en el tiempo; pero siempre causa dolor recordar a aquellas figuras a los que la vida les dio un don y las pasiones terrenales se lo arrebataron.

    No todos llegan; parece imposible. No todos escogen el camino seguro. Francisco Castillo no era noticia hasta este jueves desde hacía más de treinta años, cuando desapareció de la escena futbolística. Era un jugador tocado por la divinidad, con un físico y un fútbol al alcance de pocos. Ha vuelto a la actualidad para decirnos adiós, pero también para que aquellos que lo disfrutaron de cerca pudieran revivir las cualidades de un excelente deportista que pudo haber llegado muy lejos. Faustino, uno de sus compañeros que le conoció en la ruta desde el CD Lomo Blanco a la UD Las Palmas, expuso en Tinta Amarilla esa elección aleatoria que le llevó a alejarle de su verdadero amigo, el balón, el que estaba dispuesto a hacerle brillar muy alto. El juguete es el acompañante más sincero de todos; el que se acostaba como almohada de Maradona y el mismo que hizo Rey a Pelé. "Castillo no quiso ser futbolista", sentenciaba su amigo de filiales.

    Nos habría gustado contar la historia a la que Castillo, como otros talentosos jugadores, estaban llamados a narrar. La historia de un futbolista distinto que pudiera marcar una época de amarillo o de otro color si hubiese procedido el salto. Todo ello quedó sin hacer, aunque no logran los hechos borrar la imagen que conservan de él quienes alguna vez le vieron en un campo de juego 'hablando con el balón'. Esa amistad nunca debió romperse.

    Dos jugadores extraordinarios de filiales en los años ochenta, amigos y compañeros en la UD Las Palmas: Sergio Marrero y Castillo (N.R.)

     

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