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Opinión

  • Argumentaba Quique Setién en su teórica rueda de prensa de despedida como entrenador de la UD Las Palmas que el tiempo, en su perspectiva general, iba a analizar de otra manera distinta la temporada ya acabada. Distinta al aroma que ha dejado hasta el día de Riazor.

    Por números y hechos, aunque felizmente con distintos destinos, a bote pronto el dibujo de esta campaña se parece en mucho a la que firmó Fernando Vázquez en 2001-02, de principio a fin: Inicio explosivo (0-3 en Mallorca versus 2-4 en Valencia), primera vuelta radiante (undécimo con 24 puntos de Vázquez vs mismo puesto con 25 puntos de Setién) y caos en la segunda etapa de la competición (18 puntos en 2002 vs 14 puntos en 2017). Por el camino, algunos resultados que serán eternos (4-2 al Real Madrid o 1-1 en el Nou Camp vs 3-3 en el Bernabéu) y un juego aplaudido por su atrevimiento en ambos ciclos anuales.

    La principal diferencia de ambos es que en aquella Primera División de hace 15 años la salvación estaba en 41 puntos, uno más que los logrados por la UD, mientras en la que termina este fin de semana 31 puntos no fueron suficientes para el Sporting, primero de los tres condenados.

    Hay otros datos que la perspectiva del tiempo no podrá maquillar ni tergiversar: 74 goles en contra convierten a la UD Las Palmas en el tercer equipo de Primera del club más débil, después de los 85 del debut en 1951-52 y los 77 de 1959-60, ambas campañas acabadas en descenso. Ese último registro es un dolor, la señal de un termómetro competitivo que el club ha de tener en cuenta porque el equipo no los ha encajado en una mala tarde o en un triste final.

    El entrenador se va después de haber cumplido con sus dos misiones principales, que es digno de elogiar. Dos permanencias consecutivas, sean cuales sean las condiciones de cada una de las campañas, tienen un mérito que se acuñará en la hoja de servicios de Setién.

    Pero detrás queda algo muy preocupante: un equipo cuyos conceptos sobre el disfrute del juego y la competitividad están rotos, futbolistas en muchos casos irreconocibles, un sistema de contención tremendamente endeble que frota manos en los rivales, una política de proyección de cantera confundida y las primeras sensaciones de división con el aficionado desde la total fusión en 2014.

    Todo ese trabajo es herencia para el siguiente en la lista. Reparar el motor futbolístico del equipo y aligerar la mente de sus actores es la primera labor para una competición que, quizá, mañana no sea tan generosa con los despistados.

     

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